El Correo
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Duende euskaldun Ruper Ordorika, cantautor siempre
sentido y profesional, hizo brotar la magia en una exhibición
magistral de canciones americanistas.
En el peor de los casos, es decir, en los menos brillantes de sus
conciertos, Ruper Ordorika cumple con profesionalidad y sentimiento.
Pero, si se le despierta el duende, puede convertir un tablado en
un núcleo de energía estática que él
espolvorea a conciencia sobre una audiencia aturullada y con los
sentidos en guardia, presta a levitar con la lírica del mejor
songwriter de Euskadi.
Esto ocurrió en el recital celebrado en la Plaza Nueva por
un Ordorika que ha encontrado una fórmula a priori minoritaria
y que enlaza con las recientes tendencias venidas de EE UU: el estático
género americana y el rock indie arropador y levemente planeador.
Se supone que Ruper -artista y persona excelente y honesta- es tímido,
lo que le inmuniza contra la fatuidad y le empuja a crear lo que
le agrada como aficionado al rock que es. El tímido supera
sus miedos al subirse a un escenario, comunica cómplice con
un público que le admira y, empuñando una guitarra
y liderando una sobria banda de altura, entona las canciones mascando
las palabras y triturando una lírica que el respetable digiere
con atención plena y sensaciones epidérmicas.
Apuntando alto
En la abarrotada Plaza Nueva, Ruper abrió apuntando alto
con su primer clásico, Fas fatum , en una revisitación
colgada del éter que amasaba una dualidad de raíz
y modernismo en la onda de Luna. Y las notas siguieron cayendo del
cielo en Halako gau batez , mientras la gente sentía las
palabras y analizaba el texto, lo que nos lleva a deducir que, debido
a su estilo crudo, quizá algunos no le prestarían
tanta atención si no cantase en euskera. ¡Y lo decimos
sin restarle categoría de artista!
En Ttikiegi aumentó el tempo y se acercó al pop, y
en Zure ate ondoan las guitarras gañían y creaban
ambientes oscuros como los de los Blue Rodeo más minimalistas
(el guitarrista, Dani Pérez, es espléndido y argentino).
Luego, su clásico Martin Larralde se premió con aplausos
nada más sonar los primeros acordes, en los que las guitarras
dibujaban pentagramas de soul sureño para que Ruper cantase
como un Van Morrison no tan ahuecado.
Ya en la cima del marasmo, no se podía pedir más.
Sólo que durase. El clásico Zaldiak negarrez sugirió
a Lou Reed, Crack se emparejó con J.C. Pérez, Belauniko
sonó siniestro como Neil Young, Bihotz Begiekin remitió
a Springsteen por los tarareos...
Y en el bis, doble y exigido con determinación, Ruper regaló
el tradicional navarro a palo seco Ama zer duzu negarrez y cerró
con el gentío coreando el mítico Berunda dabiltza
, colofón de un concierto mágico, con duende.
Oscar
Cubillo