RO


Hacia 1970 empezaba a materializarse la Ciudad vasca. Nunca antes habían ido juntos el sustantivo y el adjetivo. Se hablaba de la Montaña, de la Tierra, de la Nación, vascas; pero el privilegiado espacio donde el mundo resulta verdaderamente ancho parecía vedado a los que deseaban expresarse en la lengua que sustenta el adjetivo, el euskara. Era como si alguien, el Dueño del Tiempo, por ejemplo, hubiese lanzado una orden: "O cambias de lengua, o cambias de sitio". Lo que, en el caso de RO, significaba: "Amigo mío, dedícate a la música romántica o a la patriótica. Y, si no, déjalo". El mensaje era clarísimo. Traía soledad. Y era una maldición. Una trampa.

RO aguantó la soledad, y a la larga carretera opuso su voluntad y su inteligencia. RO se olvidó de la maldición: desde los primeros discos, sus temas fueron diversos, generales, laicos: lo mismo le servía una lavandería, que una furgoneta o la visita de una mujer. RO eludió la trampa: en vez de lanzarse hacia el otro lado de la frontera, permaneció cerca de ella y asumió su historia. No se convirtió en el camaleón del cuento, ni en una sucursal del Banco General de la Música, ni en el Cantante Vasco Internacional para Turistas. Siguió siendo un creador personal, con letras y músicas comprometidas con su querida, odiada, lejana, próxima, Ciudad Vasca.

Bernardo Atxaga