EFE
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Ruper Ordorika: En su mejor momento
Volvió a Barcelona el cantautor de Oñati (Alava), Ruper Ordorika, y volvió a ganar público y a dejar claro que, como los buenos vinos, mejora hasta llegar a su actual nivel: se encuentra en uno de sus mejores momentos. Ordorika presentó anoche en Barcelona nuevo disco, "Hurrengo goizean" (A la mañana siguiente), en un concierto celebrado en un Teatro Romea con una buena entrada para ser lunes, y enclavado en el ciclo "Basta de minas antipersona", que pretende recaudar fondos para comprar prótesis para los mutilados de Bosnia. Hubo un único pero: el sonido de los tres primeros temas, excesivamente saturado de agudos, y que su técnico de sonido, Jonan Ordorika, achacó luego a la sonoridad del recinto, que potenciaba poco los graves. Y un segundo pero: se habían anunciado dos conciertos, los de Ordorika y Quimi Portet, y al final fue Ordorika con Quimi Portet, quien acompañó al de Oñati en tres canciones, una propia, "La Rambla", y dos ajenas, entre ellas una "Ene begiek" llena de coraje. Canciones antiguas como "Fas fatum", "Crack (pipa bat)", "Nor da?", "Zaldiak negarrez", "Martín Larralde" o "Beltzarana" -con participación de un antiguo 'mugalari', Iñigo Goldaracena, ahora residente en Barcelona y acompañante de Manolo García- marcaron el nivel de Ordorika antes de 2001. Mas fueron las canciones nuevas, las grabadas con el bajista de Lou Reed, Fernando Saunders, y grandes músicos del jazz neoyorquino las que colocaron a Ordorika directamente en la Liga de Campeones: "Ttikiegi", "Halako gau batez", "Hargiñenean", "Mila gau", "Zazpigarrenean" o "Fatuaren baitan" mezclan el folk con el vals, el rock eléctrico con el nuevo country. Con Dani Pérez -argentino residente en Barcelona y acompañante también de Marc Parrot- a la guitarra, con toques de 'slide' sureño, Javi Antoñana -guitarra-, Nando de la Casa -batería y efectos- y José Luis Guereño -bajo-, Ruper Ordorika ha ganado en consistencia, en tablas, en sonido contundente, como un mazazo, repleto de intenciones. Sin teclado y con una guitarra más -dos rítmicas y un solista, o una rítmica y dos solistas-, Ordorika juega con los sonidos, los moldea de manera personal, lleva la canción de autor hacia caminos no explorados, rompe las tensiones y desata sentimientos con cuatro notas, cuatro acordes salpimentados de deseos de no repetirse. Esos silencios, esos largos silencios entre pieza y pieza son su única cruz: debiera ser más rápido de reflejos y enlazar antes las emociones, no dejarlas macerar tanto, pues en el terreno del rock, que es el suyo, caen fácilmente en el olvido. Está Ruper Ordorika en uno de sus mejores momentos, sin un hervor de menos ni un horneado de más, directo, seguro, sencillo, adornado pero sobrio, personal como ninguno de sus coetáneos en el País Vasco ni, mucho menos, en el resto del Estado. Está Ordorika en un momento inmenso, y no hace falta saber su lengua para entenderle. La buena música es cuestión de voluntades, y el resto es geografía.

Rafa Quílez